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Susurros de un dominante 3 (erótico)

Detalles

—Esta noche eres tú la que debes decidir qué relación eliges: El conservador del amor o el independiente del BDSM. Su convivencia sería tan sangrienta como cualquier guerra estudiada en los libros de historia.

—Me faltaría experimentarla para decidirme —la picardía volvió a su sonrisa.

—Llevas toda la noche experimentando esta relación.

—Sí ni me has rozado, ni me has tocado —la picardía se volvió deseo.

—¿Pensabas que el BDSM era solo vicio? ¿Sexo sin control lleno de todos los «juguetes» de las tiendas eróticas? Has experimentado su filosofía, cada uno con nuestros respectivos papeles. El mío ha sido el de un dominante que realizaba preguntas y las respondía y, el tuyo, una fiel sumisa que las oía. ¿No te ha parecido un placer emocional, sentirte como una fiel sumisa?

—Ha sido excitante —respondió rápidamente—. ¿Entonces no hay sexo en tu relación? —era la pregunta original en su mente.

—¿Tienes ganas de sexo, mi querida Sandra?

—No quiero sexo; quiero que me enseñes eso que llamas follar —dijo acariciando sus palabras mi oído, imitando a mi juego susurrosoen el muro. Su cálido aliento acompañaba a sus palabras.

—¿Cuánto tiempo llevas sin sexo?

—Casi un mes —sus suspiros en mi oído se volvían más intensos. El disimulado roce en su entrepierna volvió.

—¿Cómo puede estar una preciosa morena como tú tanto tiempo sin desahogarse con un hombre?

—Te estaba esperando.

Una suave carcajada rompió el silencio de las olas.

—¿Cómo sabías que te encontraría?

—Siempre he soñado contigo —sus palabras cada vez se oían menos, perdiéndose en una respiración cada vez más profunda—. Necesito sentir tus manos tocando mi cuerpo —el tercer botón declarado en rebeldía,se lo volvió a desabrochar, acompañado esta vez del cuarto, mostrándome un excitante sujetador de color rosa—. Por favor, no me rechaces como anoche.

—¿Nunca te ha rechazado un hombre? —me mantenía tan frío, que la sangre de mis venas se ralentizó en su eterno viaje, coagulándose en una masa rojiza. Mi mirada se deleitaba en silencio con la imagen desnuda de su torneado pecho en aquel sujetador de alta costura.

—Por favor, no lo hagas. Te deseo —sus manos fueron subiendo delicadamente por mi rodilla.

—¿Estás suplicándome que te toque Sandra?

—Por favor —su profunda y húmeda respiración rozaba mi oído en cada letra que pronunciaba.

—¿Te gusta lo que estás tocando? —dije cuando Sandra tenía su mano sobre mi abultado miembro. Sabía que las reglas del BDSM es que una sumisa no puede tocar a su Amo sin su permiso, pero, la tinta de mi pluma aún no había corrido por su contrato.

—Sí, me encanta lo que estoy tocando —su mano fue levemente introduciéndose por el bañador, descendiendo por su poliéster, temerosa de mi reacción; una reacción fría—. Me encanta que esté tan dura —dijo con sensualidad al ir amasándolo entre sus dedos, sin dejar un solo centímetro de mi duro y abultado miembro sin palpar.

—¿Te gusta que esté dura? —dije simplemente separando un poco las piernas, para que pudiese amasarlo mejor— ¿Qué es lo que te gustaría hacer con ella?

—Metérmela en la boca —sus labios recorrían el oído al que estaba hablando para arrancar algún tipo de reacción por mi parte, intentando que la sangre de mis venas se volviese líquida.

—¿Te gustaría tenerla en la boca y sentir lo caliente y dura que está? —«¿Esto es follar?», me imaginaba esa pregunta en la mente de Sandra.

—Lo estoy deseando —dijo desabrochando las cuerdas que oprimían a mi bañador en mi cintura. La prenda de baño fue descendiendo por mis piernas; se apreciaba el gran bulto en mi ropa interior, estirando bastantes centímetros su elástica tela.

Su mano se colocó en la tira elástica de mi ropa interior, arrastrando con sus dedos mi bóxer de color negro para que saliese ese bulto que sus labios deseaban saborear.

—Aún no puedes, lo siento —dije cogiendo su mano, apartándola de mi bóxer cuando comenzaba a arrastrarlo.

—¿No quieres que te la chupe? —uno de mis dedos se lo introdujo en sus labios, transmitiendo en él su gran experiencia, humedeciendo hasta el último de los pocos centímetros de mi dedo índice.

—Estoy deseando probar como tus húmedos labios recorren cada centímetro de mí —el dedo salió de la humedad de sus labios, repasando con su lengua el rastro que había dejado—, pero, antes debes decidir con que ideal te quedas.

—Me quedo con tu BDSM. Quiero experimentar algo nuevo; esta fantasía —sabía que esas palabras las decía su placer, no sus labios. Lo siento, no me sirve esta respuesta, pensé.

—Explícate mejor —el dedo impregnado en saliva fue descendiendo por su rostro, su cuello, hasta llegar aquellos perfectos senos semidesnudos. Primero, impregnaba con un rastro húmedo el izquierdo, luego, el derecho.

—Nunca un hombre me había puesto tan cachonda como me estás poniendo sin ni siquiera tocarme. Me encanta que un hombre se haga el duro, que se resista; que me domine.

—¿Ninguno de tus anteriores «amantes» llegaron a dominarte?

—No, ninguno.

¿Qué te parece si jugamos un poquito a la excitación Sandra? Quiero ver lo que eres capaz de soportar.

Firmemente la mano derecha que surcaba un rastro en su escote, agarró su cuello, con una presión silenciosa como la noche anterior. Mis palabras volvieron a rozar su oído.

—¿Te gusta sentirte dominada por un hombre? —mi lengua recorría su oído con la maestría propia de un dominante del BDSM, susurrando palabras que excitaban a su oído: Susurros de un dominante.

Un gemido respondió por ella.

—Responde.

—Sí —otro gemido quebró su respuesta, cerrando de nuevo sus ojos.

—Quiero que te desabroches el botón del pantalón. Quiero ver como se va deslizando por tus piernas —asintió abriendo los ojos y sonriéndome.

Se fue desprendiendo de la suave tela de su pantalón, deslizando el blanco del mismo por su exótica piel de sus piernas, cayendo sobre la nevera. Como suponía, el tanga iba a juego con su sujetador; el mismo color y la misma alta costura. Mi mano se fue deslizando por sus muslos desnudos, ascendiendo lentamente por ellos hacia su entrepierna. A cada centímetro que recorría, Sandra iba separando con una excitación silenciosa sus piernas. El aire salado del mar se mezclaba con el fuerte aroma que desprendía su excitación.

—Estás muy húmeda —dije al introducir directamente mis dedos en la tela de su tanga rosa, empapándose de ella—. ¿Alguna vez has saboreado tu propia excitación? —me negó con la cabeza—. Pruébala.

Mis dedos abandonaron su ropa interior para que degustase por primera el sabor de su propio cuerpo.

—¿Te gusta? —pregunté mientras saboreaba el excitante sabor— Aprecio que te gusta su sabor.

Mis dedos volvieron a la suavidad de la tela, introduciendo dos dedos para expandir su placer. Entraban y salían lentamente en su sexo, aumentando la sensación de humedad que sentían mis dedos.

—¿Pensabas que te lo pondría tan fácil? —dije cuando intentó besarme al estar nuestros labios rozándose, amagando aquel beso que ansiaba con tanto fervor— ¿Quieres besarme? —sabía su respuesta, no me hacía falta oírla— Quiero oírte como suplicas a un hombre para que te bese.

Aumenté la velocidad de los dedos que daban placer a Sandra, olvidando la parsimonia de mis embistes.

—Bésame por favor. Te deseo como nunca creí que desearía a un hombre.

—Sabes que en mis besos no vas a encontrar amor ni ternura; solo deseo y placer —mis palabras seguían acariciando su oído. Mis dedos seguían embistiendo su cavidad más erótica, aumentando la humedad en ellos.

—Sí, te deseo —la excitación y la profunda respiración impedía a Sandra pronunciar más palabras, siendo incapaz de salir de esa espiral de frases cortas.

La mano seguía aferrada a su cuello otorgándome ese papel de dominante, mientras nuestros labios se endemoniaban en unos besos repletos de pasión y deseo. Se devoraban uno al otro, poseídos por la maldición de un pecado. El ritmo de los embistes de ambos dedos sobre su húmedo y excitado sexo, volvió aumentar un poco más. Un tercer dedo se unió al festín de los otros dos, aumentando el roce en sus labios íntimos en cada una de las renovadas embestidas. Comenzó suavemente a mover su cuerpo, dándome a entender que deseaba que mis dedos la penetrasen con mayor rapidez.

Ese nuevo placer que se expandía como una epidemia por sus cálidas venas, enloqueció a su lengua. Su mano abrazaba mi cuello, volcando a mi cuerpo que perseguía al suyo, arrastrándolo, deseando detener las agujas del tiempo entre la fogosidad de nuestros húmedos besos. El tenue chasquido de las suaves olas acariciando la madera de la barca, robaban el ruido de placer de nuestros labios. Cupido observaba en lágrimas como Sandra se estaba entregando a la relación que le mostraba, renegando de una relación repleta de flechas vacías. Gotas de llanto se entremezclaban con las gotas de sangre que brotaban en la herida de su pecho.

—Ponte encima de mí —le dije al interrumpir nuestra fogosidad.

Nos desprendimos de la inclinación de nuestros cuerpos. Mis tres dedos dejaron de embestir su sexo, marchándose de la suave tela de la alta costura de su tanga, repletos de esa fluida excitación. Se puso de pie en la barca, abriendo las piernas para posarlas sobre las mías y proseguir con aquellos besos malditos de un pecado.

—Así no, al revés —su mirada me suplicaba que quería seguir saboreándome—. Quiero que me des la espalda.

Antes de sentar su cuerpo en mis rodillas, sus manos liberaron cada uno de los pocos botones que seguían presos en la tela de la fina blusa, cayendo sobre el pantalón blanco.

Mis ojos marrones se oscurecieron en el más apagado negro al contemplar el cuerpo de aquella mujer coloreado en el rosa de esa ropa interior de alta costura, pintando cada una de sus enfermizas curvas; la flor de sus cabellos jugaban con el pardo color de la ropa interior.

Sus claros ojos suplicaban una vez más que me desprendiese de una de mis prendas. La escogida fue mi camisa, desnudando mi pecho. Su espalda se sentó contra su desnudez, sintiendo como la acariciaba, acolchando el respaldo por su leve vellosidad.

Inclinó su cabeza en busca de la fogosidad interrumpida en nuestros labios.

—Ya has probado mis labios —nuevamente amagué sus besos—. Me suplicaste que te besara y he sucumbido a tus suplicas. Esta noche no podrás volver a besarme —sus ojos me miraron repletos de deseo. Deseaba volver a esa lujuria que eran mis labios. Lo siento.

La mano que embestía la excitación de Sandra, resbalaba por su cuerpo semidesnudo, dejando aquel inconfundible rastro de su intimidad más jugosa. La blanca luz de la luna iluminaba el rastro que dejaba por su cuerpo, como si fuese un camino de finos polvos de diamantes. Mi mano volvió a introducirse en su ropa interior. La forma de estremecer a su cuerpo en su nueva posición, no las llevaría a cabo las monótonas embestidas; lo estremecería de la misma manera que una mujer en su intimidad al reemplazar el calor de un hombre: La clásica masturbación femenina, estimulando ese tierno y sensible nervio de placer que es el clítoris con movimientos semicirculares, esperando que todas sus terminaciones nerviosas enloqueciesen y explotasen en un orgasmo delicioso.

Los primeros gemidos de Sandra brotaron de sus labios como notas musicales; estaban recubiertos en el más dulce chocolate suizo, pero de un sabor tan profundo como el mismo cacao. Eran seguidos, sin entrecortarse; uno detrás del otro, iban rompiendo la silenciosa calma del mar de aquel sábado. Su cabeza la dejó caer sobre mi hombro izquierdo, rociando los tirabuzones de sus cabellos por mi desnuda espalda; sus manos rompían la consistencia de la seca gomina de mis cabellos al ascender por ellos, resquebrajando la resistencia que el gel fijador oponía a sus manos, encontrando en ellos un equilibrio que la abandonaba por el placer de mis cuatro dedos en aquella frotación semicircular.

Los rápidos movimientos de mis dedos en su nervio de placer, aceleraban la separación de un gemido con otro, disminuyendo su dulzura y agravando su profundidad, ahogándolos en mi oído izquierdo. Aceleraba el ritmo a medida que la profundidad de sus gemidos se acentuaban, complaciendo los deseos reprimidos en casi los treinta días que la mano de un hombre no acariciaba su cuerpo.

—Creo que no podrás volver a usar este tanga; tendrás que tirarlo —dije al apreciar como la prestigiosa tela del tanga se iba humedeciendo con la masturbación de mis cuatro dedos. Un ligero movimiento de cabeza respondió por ella—. Es una pena tirar unas braguitas tan caras, ¿qué te parece si te las quito?

Obtuve la misma respuesta.

Ambas manos lo agarraron, deslizándolo por sus piernas. Era exactamente. Igual como la recordaba la noche anterior cuando la interrumpí en el muro; una fina hilera de vello púbico de unos cinco centímetros adornaba su entrepierna. Por tercera vez, la mano derecha cambió de postura para inducir al bello placer a Sandra. De todas las posturas del catálogo de mi mano derecha, era la más infalible. Era simplemente imitar la lengüeta vibradora de los nuevos consoladores para estimular ese nervio de placer femenino.

Los cuatro dedos penetraron su lubricado cuerpo de un golpe seco, retorciéndolo de placer en un profundo gemido que inundó mi oído izquierdo. Los cuatro dedos se arquearon en su interior buscando la postura de la fotografía de su extenso catálogo, separando milimétricamente los labios vaginales superiores, dejando al descubierto a su escondido clítoris para que el grueso dedo pulgar imitase a esa revolucionaria lengüeta vibratoria.

El grueso dedo imitó los mismos movimientos de la segunda postura, mientras, los cuatro dedos arqueados estaban inmóviles en su interior. Su basta yema arrancaba gemidos inverosímiles al realizarlos a una velocidad pasmosa. La dulzura desapareció de sus gemidos, solo quedando una profundidad deliciosa que anunciaba la cercanía de su primer orgasmo. Los cabellos se retorcían y partían su consistencia entre los dedos de su mano cuando la basta yema de mi pulgar, excitaba al descubierto nervio del placer.

Su cuerpo cada vez se volvía más pesado, más rígido, languideciendo cualquier otro movimiento que no fuese el de sus labios sofocando sus gemidos. Su cuerpo cayó en la insensibilidad, arqueado por la cercanía de ese primer orgasmo.

Sus piernas se juntaron bruscamente, asfixiando los cuatro dedos que mantenían su inmovilidad, intensificando su encorvadura, satisfaciendo a la yema de mi dedo. La prisión de las piernas inhabilitó los frenéticos movimientos del grueso dedo pulgar, sin embargo, ante la nueva situación, los renovó en unos movimientos cortos con una intensidad fuera de lo normal. Los profundos gemidos que se ahogaban en mi oído, se suprimieron por unos excitantes y salvajes gritos de placer repletos de fogosidad.

Levantó su cabeza del hombro izquierdo, quedando suspendida en el aire salado; las manos que retorcían las hebras de mi cabello, se introdujeron entre sus piernas, intentando inhabilitar por completo el independiente dedo pulgar que no cesaba en sus movimientos; los cuatro dedos que estaban en la pared interna realzados por su nueva postura, notaron como un torrente de lava líquida los inundaba. No sabes lo que deseaba oír como llegabas al orgasmo. Ha sido delicioso oírte gritar de esa manera tan salvaje; tan felina.

Volvió a reposar su cabeza en el respaldo de mi hombro; la presión de sus piernas fue descendiendo al abrirlas, concluyendo la bella agonía de su largo y placentero orgasmo, regresandode un mundo lejano. La lava ardiente fruto de su orgasmo, descendía por sus piernas al sacar los cuatro dedos; sus labios buscaron la llama de los míos para fundirse en ellos: No me negué en aquella ocasión. La sombra de su orgasmo aún no se había difuminado. El fuego lento de nuestros besos derretía nuestros labios. Sus manos, volvieron a introducirse en la despeinada melena reseca.

—¿Cómo has podido estar sin esta sensación durante un mes? —la llama de la vela de nuestros besos se desvaneció.

—Te estaba esperando. Por fin has venido —sus besos acariciaban mi cuello, buscando la chispa para avivar la llama de la vela que ardía nuestros labios.

—¿Ha sido reconfortantemi espera?

—Tus manos... —un beso en mi cuello silenció la respuesta, en aquel impulso obsesivo de avivar mis labios—. Ha sido reconfortante sentir tus manos tocando mi cuerpo. Nunca con un hombre había llegado al orgasmo solo con sus manos. Necesitaban penetrarme para que llegase.

—Una vez oí a una mujer decir que diez dedos, son diez orgasmos. Solo te quedan nueve.

—Estoy deseando sentir esos nueve orgasmos.

El alma de Cupido seguía desangrándose. Sus grandes alas blancas se movían de una forma asimétrica, flotando errabundamente en la claridad nocturna. Las gotas de sangre que asfixiaban a sus pulmones, salían a la superficie en respiraciones asfixiantes, creando un hilo líquido escarlata que descendía de sus labios pálidos.

El blanco de sus ojos donde descansaban ambos iris irisados, se enrojecía en nubes de terror escarlata por aquella asfixiante respiración. Los dedos de la mano derecha que soportaban el peso de su arco, fueron perdiendo sensibilidad, contemplando como su inseparable arco, quién, tantas flechas había disparado desde el limbo, se perdía en el baño de estaño del mar de aquella noche. El hijo de la diosa Afrodita se desangraba, en una lenta y dolorosa agonía; la misma agonía que las cicatrices de los corazones de los mortales que un día, como yo mismo, le inundaron de plegarias.

 

 

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