FacebookMySpaceTwitterDiggDeliciousStumbleuponGoogle BookmarksRedditTechnoratiLinkedinRSS Feed

Susurros de un dominante 2

Detalles

Las llaves de la moto siguieron dentro del suave bolsillo. Antes de marcharme de Teatinos, debía de marcar sus nueve números. Me encaminé por la acera unos metros sin abandonarla. No serían los números digitales de mi Smartphone los que marcarían el teléfono de Sandra.Serían las gruesas teclas metálicas de las olvidadas cabinas de teléfono; era el anónimo perfecto.

Fui pulsando las nueve teclas de su número telefónico en el «claustrofóbico» espacio de la cabina.

—Sí, ¿dígame? —respondió Sandra, encaminada sin haber abandonado la misma acera buscando su coche. Desconocí el motivo del porqué se desplazó en coche en su mismo barrio.

—Hola, mi querida Sandra —el silencio se prolongó varios segundos en la acristalada cabina.

—¿Cómo lo has conseguido tan rápido? ¿No hace ni un minuto que se lo he dado a Javier?

—Si te lo digo se pierde el misterio.

—¿No serás tú Javier? —Se apoyó en el capó de uno de los coches estacionados en la calle.

—¿Tan feo te ha parecido mi amigo? —respondí con una sonrisa.

—Me pareció más feo el de la barra. —Una suave sonrisa se escapó por el auricular.

—Me ha gustado tu sutileza —pronuncié al apreciar como intentó escrutar si el hombre que se escondía bajo la máscara de la noche anterior, era el cliente de la barra—. Tranquila, no soy el feo de la barra. Además, dudo que debajo de esos quilos de grasa y de esa calva, se esconda un seductor.

—¿Entonces quien eras?

—Tenía el disfraz idóneo para que ni te inmutaras de mi presencia.

—No he visto a nadie disfrazado. —Se alzó del coche, posando la vista inútilmente hacia la izquierda, donde, a más de quinientos metros, estaba el 5 Jotas. Volvió a sentir la chapa cálida de aquel viejo Seat.

—No llevaba el disfraz que piensas. Se te rondará los colores chillones de los dibujos animados o los disfraces repletos de esteroides de los superhéroes. No. Iba disfrazado, nada más.

—Eso lo he echado de menos de ti.

—¿El qué?

—Tu personalidad.

—¿El seductor? —se oyó como se dibujaba una sonrisa en mis labios.

—Sí —sus labios me imitaron.

—Hablando de seducir. Me ha gustado tu pareo rosa. Sensual, pero, sin llegar a ser provocativo.

Unas monedas se colaron por la ranura, para seguir manteniendo la conversación.

—¿Quién eras? —su voz era prácticamente una súplica.

—¿Recuerdas lo que te dije?

—¿Cuál de ellas? Fueron muchas —sin poder llegar a verla, sabía que en sus labios había una sonrisa.

¿De qué te serviría? ¿Piensas que podrías reconocerme sin esta máscara? —no respondió— ¿Pensabas que te iba a esperar tomándome una cerveza en la puerta del 5 Jotas con la máscara puesta? No creo que mi Sandra sea tan inocente para caer en la inocencia de la ironía.

—¿Tu Sandra?

—Has aceptado el juego.

—Bueno... Si... Tu juego —su voz se volvió temblorosa.

—Has buscado información sobre el BDSM, ¿verdad? —su respuesta fue más silenciosa que un murmullo— No me hiciste caso —mi tono de voz se mantuvo en la misma nota. Si hubiese firmado el contrato, hubiese colgado sin contemplaciones.

—Solo quería cotillear, nada más.

—Como dijo un alma en pena: El pecado ya está hecho. No se le puede ir con explicaciones al diablo.

—Lo siento, no quería... solo quería...—un simple hilo de voz respondió, en busca de unas simples palabras de compasión al otro lado de la línea telefónica.

—¿Viste lo que ellos querían que vieses?

—No lo entiendo —su mirada se frunció apoyada todavía en el capó de aquel viejo Seat. En el interior de la cabina sonó como el mechero encendía un cigarro.

—Las páginas que cotilleaste sobre el BDSM.

—Lo vi... muy sucio. No sé. Dominantes, esclavos, látigos, correas... —un escalofrío recorrió la línea inalámbrica de su teléfono móvil— Me recordaba un poco a las películas de los faraones. Los esclavos y sus amos.

Una carcajada esparció el humo del cigarro como si fuese las aspas de un ventilador.

—¿Te recordó al antiguo Egipto mi juego?

—Sí.

—En cierto modo es verdad. En el antiguo Egipto también existían los amos y los esclavos. En el antiguo Egipto estaban los dominantes y la sumisión de sus fieles esclavos. Pero, el noviazgo y el matrimonio, también convivían con los amos y sus esclavos y, esas relaciones no te he oído compararlas con la época de los faraones.

—¿Qué quieres decir?

—¿Por qué preguntaremos si sabemos que no nos van a responder en ese momento? ¿Crees que nuestros teléfonos pueden hacer de mediadores en una conversación tan profunda como esta?

—¿Una conversación profunda?

El silencio es frágil y un grito puede romperlo —dije dando otra calada al cigarro—. Tu grito acaba de desquebrajar el frágil silencio, profundizando esa conversación. ¿Te has dado cuenta de lo estrepitoso que es el ruido? —un balbuceó fue su única respuesta ante tal pregunta— No sé lo que habrás visto. No sé lo que te han enseñado. No sé qué has cotilleado en esas páginas. Pero sí sé que todas las páginas relacionadas con el BDSM, se rigen por el mismo patrón. La única educción sexual de esas páginas, es la relación más popular pero a la vez la más temida por la sociedad. El morboso sadomasoquismo. Es cierto que el sado es parte del BDSM, pero, el BDSM, no es parte del sado.

—No sé a dónde quieres llegar —volvió a repetir.

—¿Te acuerdas como anoche el miedo te dominó?

—Sí.

—Vuelve a repetirse la misma escena, mi querida Sandra. Las páginas que has investigado solo te han dejado una imagen difuminada con fustas, látigos, cuerdas atrincheradas sobre un cuerpo, dolor e inclusive, las páginas más extremistas, la llamativa sangre. Si me equivoco, corrígeme —otra moneda se coló por la ranura.

—No, no te equivocas. Pero...

—¿Si?

—Si dices que lo que he cotilleado no es tu BDSM, ¿cuál es?

—El BDSM no enamora, no hace gritar de placer por estar sentado enfrente de un ordenador navegando por la red. Para amarlo o gozar con él, hay que comprender y ser fiel a su filosofía.

—¿Su filosofía? —era incertidumbre lo que salía de mi auricular junto con sus palabras.

—Una filosofía tan antigua como sus mismos fundadores. Las normas y reglas que tanto ansiabas aprender anoche. ¿Has descifrado las siglas? O, ¿todavía no son más que unos jeroglíficos sin sentido?

—Dominación y sadomasoquismo —sus palabras olvidaron la incertidumbre, resguardándose en una seguridad pasmosa.

Ha perdido su moneda señorita. Es la frase que oirías si estuvieses bajo el sucio juego de un trilero. ¿Dónde te has dejado la B?

—La verdad es que no... —su voz se paralizó unos segundos, los cuales, aproveché para proseguir.

—Dominación y sumisión. Respeto hacia el dominante, la sumisión del esclavo. Esa es la filosofía de esta relación. ¿Parece muy «sucia» desde la perspectiva que da mirarla desde afuera? Es cierto. Es horriblemente sucia. Desde fuera da la impresión de ser una relación solamente alcanzable para personas con un grado de demencia suficientemente alto como para estar ingresados en la última planta de los centros psiquiátricos más «sucios». Pero, ¿qué perspectiva se tiene desde el interior? Eso lo deberás decidir tú. Eso es donde quiero que llegues esta noche. ¿Tienes planes?

—Sí.

—Cancélalos —la tortura de la colilla se la apacigüé sobre el caparazón de metal de la cabina, dejando el mismo rastro que en «mi pilar».

—¿Qué los cancele? —su voz desconcertada por aquella primera orden, no superaba la mía en el hilo telefónico.

—Has entrado en mi juego. Son mis leyes. Solo estoy usando los privilegios que me has otorgado al aceptar jugar a mi juego.

—Aún no he aceptado tu juego.

—Quizás es cierto que todavía no has aceptado mi juego, pero, sin duda, sí que has entrado a formar parte de él —dejé un segundo de silencio.

—No, es mentira —las decorativas páginas de internet difuminaban sus palabras.

—Cumpliste todos los requisitos de aquella prueba que te pareció tan estricta anoche, mi querida Sandra. Entraste en el bar. Entraste en él en los escasos quince minutos que te dije. Entraste en el bar, en esos quince minutos, entregando a Javier tú teléfono en un trozo de papel. Has aceptado cumplir todos y cada uno de los requisitos del juego. ¿Tienes dudas todavía de que no has entrado en mi juego?

—¿Sabes que podría colgarte y abandonar este juego?

—Podrías. También podrías no haber aparecido, pero lo has hecho.

—¿Estás insinuando que no sería capaz? —su voz era impasible.

—Esta tarde estás muy perceptible.

—¿Cómo estás tan seguro?

—Muy simple. En primer lugar, no hubieses tirado la carta de la inocente advertencia. Hubieses apretado el botón de tu teléfono móvil y se habría acabado esta conversación. En segundo lugar, no creo que unas simples palabritas adornadas con el morbo, junto con sus polémicas fotografías en internet te hayan quitado el deseo de anoche, ¿me he vuelto a equivocar? En tercer lugar... Quiero que canceles tus planes y para... —giré mi muñeca vívidamente, buscando las agujas del reloj— las ocho —una hora y media no bastará para que llegue a su casa, se asee, se vista y se maquille. No puedo ser tan exigente sin haber firmado su contrato. Cuando sea mi sumisa, en media hora será suficiente para todo eso y, para que esté en mi puerta esperando en el rellano con el collar como una perrita, hasta que le dé permiso para entrar—, nueve mejor, en la plaza de la constitución —en elpaseo de Chinitas.

—Espera —dijo antes de que escuchase los simples tonos al colgar en su teléfono móvil—. ¿Cómo te reconoceré?

—No hace falta que me reconozcas, me presentaré. ¿No querías saber mi nombre?

—Sí.

—Anoche conociste al pecado, esta noche conocerás al hombre. ¿Alguna excusa más para que no pueda colgar?

—No. Bueno sí... —dijo al apartarme el auricular del oído.

—Tú dirás.

—Es sobre... sobre la forma que tengo que ir vestida. He visto un video «cotilleando» que decía que... bueno, que la sumisa se vestirá con la ropa que el amo haya aprobado y...

—Amo, sumisa... Su forma de ir vestida... La aprobación del Amo... ¿Entiendes ahora porque te aconsejé que no cotilleases? Aún no has aceptado el juego, solo, eres parte de él. No lo estropees con la inquieta curiosidad. Olvídate de la mala compañera que es. Disfruta, saborea la magia del juego que te estoy ofreciendo.

—Entonces...

—A las nueve en la plaza de la constitución. Respecto a tu curiosidad sobre tu vestimenta... Sorpréndeme. Seguro que una hermosa morenita como tú sabe cómo deleitar a un hombre.

—Sí —una risa cálida acompañó a esa afirmación.

—Entonces, mi querida Sandra, ¿puedo colgar sin ninguna otra interrupción?

—Sí —otra opción no tenía.

—Ya está todo dicho. Hasta las nueve.

Mis manos empujaron las puertas de la asfixiante cabina telefónica, colgando el negro auricular en el apoyo de la cabina. El recalentado aire ahumado del interior, se fue disipando de la acristalada cabina. Veía como el humo del cigarro condensado sobre la parte superior de la cabina, salía al exterior.

Volví a retroceder sobre mis pasos, dejando atrás la aireada cabina. Me camuflé entre la caterva que critiqué en el interior de la cabina, siendo otro completo extraño que compartía los mismos pasos en la misma acera, nada más. Mi mirada se perdía con cada una de las personas que se iban cruzando conmigo, apareciendo como una sombra invisible que deambula a esa hora las calles del barrio de Teatinos.

 

No tienes permiso para publicar comentarios

   

Mensajes Del Foro  

   
© GaliciaBDSM